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Cuento de las "Lunas de marzo"
por Elizabeth Santos Dorado
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La llegada de la extranjera a la mansión, produjo un fuerte revuelo entre los sirvientes. Nadie sabía muy bien de quién se trataba, pero aún así todos parecían conocer al detalle toda su vida. Para unos, era la nueva amante del Sr. D’Arsy. Para otros, era una prima lejana del señor. Pero para todos ellos, era la extranjera.

 

La extranjera llegó a la mansión en una lluviosa tarde de Octubre. Claire, la doncella más joven, esperaba con un enorme paraguas negro a que ella bajara del coche de caballos. En la entrada de la mansión, toda la servidumbre la esperaba expectante. Al bajar del coche, Claire hizo una reverencia, y bajando la vista, la acompañó hasta la entrada. Al entrar en la mansión, toda la servidumbre repitió el gesto hecho por Claire. Y tan sólo el Sr. Vernois, el capataz de las tierras, y la Sra. Gaudier, ama de llaves de la mansión, levantaron la vista para verla.

 

La extranjera era extremadamente delgada, con el pelo negro recogido en un amplio tocado de trenzas. Sus ojos eran negros y profundos, y su piel parecía de porcelana. Lucía un vestido de tafetán negro, adornado con un broche dorado con un rubí en su centro. Y en cada dedo de sus manos, lucía un anillo con una piedra de cada color del arco iris. Su figura parecía frágil, pero su presencia era intocable.

 

La Sra. Gaudier se le acercó, y hablándole en un idioma que la extranjera no entendía, le indicó que la acompañara a su habitación. Subieron por una amplia escalinata de mármol a la parte superior, y tomaron el pasillo de la derecha. El entarimado del suelo crujía bajo sus pies, y un olor a madera antigua inundaba todo el recorrido. Al final del pasillo la Sra. Gaudier abrió una doble puerta y le mostró a la extranjera la habitación. La invitó a pasar, y allí, sobre una pequeña mesa junto a un amplio ventanal había una carta del Sr. D’arsy para la extranjera. La Sra. Gaudier le hizo varias indicaciones sobre la hora de  la cena, y si tenía alguna petición para la cena. La extranjera sólo contestó con un simple “Todo está bien” en un pésimo francés.

 

La Sra. Gaudier abandonó la habitación y  entró Claire con un sequito de 5 criados cargando los baules de la extranjera. Mientras que Claire los abría e iba colocando los vestidos y pertenencias de la extranjera, ella se sentó en un sillón junto al ventanal a leer la carta que el Sr. D’arsy le había dejado escrita en un inglés tan malo como su francés:

 

“Estimada Srta. Gatherway:

 

            Siento no poder estar en la mansión para recibirla. He tenido que marchar a París a solucionar algunos asuntos personales. La servidumbre tiene orden de que la atiendan en todo lo que usted requiera. La Sra. Gaudier, el ama de llaves le enseñará la mansión. Claire será su doncella. Nadie en la casa habla su idioma, por lo que rogaría tenga paciencia hasta mi llegada. Siéntase como en su casa.

 

 

Jean D’Arsy “

 

Cuando terminó de leer la carta, la dejó sobre la mesa y dejó que su vista fuera recorriendo los jardines, la alameda, el prado, hasta que perdió su vista a través del ventanal.

 

 Cerró los ojos e intentó evocar los recuerdos que la lluvia le traía. Su recuerdo se fue a cuando ella tenía 9 años, y vivía en Thairnapurna, al norte de la India. Recordaba los juegos en los jardines con Kristare y Anniaparuana, y de cómo ellas le contaban historias sobre animales que luchaban contra dioses, y de hombres que pasaban mil pruebas para ser reconocidos como unos valientes guerreros, mientras permanecían sentadas bajo el techo de palmas junto al estanque. Pero el juego que más le divertía era esconderse entre la maleza y escuchar como sus dos niñeras la llamaban buscándola:

-        Maim Beth¡...  Maim Beth¡... Maim Beth¡...

 

Y la niña que por aquel entonces  era, pensaba que tenía el poder de ser invisible, y que por tal razón nunca conseguían encontrarla. Y eso le hacía sentirse profundamente poderosa. Aún más que su temido padre, el coronel Jhon Austin  Gatherway.

 

Tan solo una vez consiguieron encontrarla, y fue el día en que fue mordida en la pierna derecha por una serpiente de cuello rojo. El dolor de la mordida fue tan intenso, y el veneno actuaba tan rápido, que, a los pocos minutos la piel de su pierna  se puso negra. Sentía como su garganta se inflamaba y apenas si le dejaba respirar. Y una mezcla de mareos y vómitos se iba adueñando de ella. Como pudo, salió de su escondite, y a los pocos pasos calló pesadamente al suelo.

 

Pasaron varios días hasta que recobró el sentido. Cuando lo hizo, estaba tan debilitada que el peso de las sabanas sobre su cuerpo la asfixiaba. Poco a poco comenzó a tomar conciencia de donde estaba, y de su cuerpo. Y sentía que todo se movía a excepción de su pierna derecha.

 

Kristare, una de sus dos niñeras, la recibió con una enorme sonrisa. Y le contó que su pierna ahora no se podía mover porque la serpiente de cuello rojo le había robado el alma a su pierna.

 

-        ¿Y mi pierna no volverá a tener alma, Kristare?

-        Sólo si tú le robas el alma a la serpiente Maim Beth.

-        ¿Y cómo  puedo robar a una serpiente?.

-        Gaduhatma te ayudará. Ya he hablado con él. Pero Maim Beth, esto debe ser un secreto entre él, Anniaparuana, tú y yo. Saib y Mam Gatherway sólo creen en el cuchillo del doctor Scott. Nosotros creemos en el alma de la naturaleza.

 

Aquella noche, mientras todos dormían en la casa, Gaduhatma, Kristare y Anniaparuana entraron en la habitación de Maim Beth. La despertaron y la sentaron ante una cesta de mimbre. Gaduhatma le tomó de las manos y mirándola fijamente le dijo:

 

-        Maim Beth, ahora no debes de tener miedo a nada. Toma este puñal y con él debes robarle el alma a la serpiente. Para ello, debo vendar tus ojos, y tus manos entrarán en la cesta. Una vez que tengas la serpiente entre tus manos, debes  cortarla por la mitad, y beber su sangre. Si ella siente el miedo en tus manos, volverá a morderte y te arrebatará otra parte de tu alma. Pero si siente que no le tienes miedo, tú podrás robarle su alma. De esta forma, el alma de tu pierna volverá a su lugar.

 

El miedo atroz a enfrentarse de nuevo a la serpiente, hizo que empezara a temblar sin poder controlar su cuerpo. Con ojos llenos de angustia y voz temblorosa dijo:

 

-        ¡Yo no puedo hacerlo!. ¡Tengo miedo!. ¡Me va a volver a morder!.

-        Sólo tú puedes hacerlo Maim Beth.-Contestó Gaduhatma-. Ahora crees que no eres capaz, porque ella está encerrada en la cesta. Pero si ahora  la arrojase sobre ti, la matarías.

-        No puedo. No puedo, Gaduhatma.

-        Está bien. Es tu voluntad Maim Beth. Pero recuerda que la serpiente tiene una parte de tu alma, y que te acechará para arrebatarte el resto. Volverás a encontrarte con ella.

 

Los tres salieron de la habitación, y la dejaron sollozando en la cama hasta que se volvió a quedar profundamente dormida.

 

La Srta. Gatherway, dio un brinco cuando sintió que Claire la llamaba, y por unos instantes, el dolor de su pierna volvió 23 años más tarde. Cuando le dijo a Claire que pasara, su dolor desapareció. Claire  le indicaba que era la hora de la cena. Ella hizo un gesto de aprobación y se levantó del sillón. Fue entonces cuando vio su rostro reflejado en un gran espejo que había junto a la chimenea. “Que poco queda de aquella niña”- se dijo a sí misma. Y salió de la habitación camino del salón comedor.

 

Era un comedor muy sobrio. Extremadamente oscuro. Sus paredes estaban revestidas de un color verde oscuro. Y al fondo, una enorme chimenea caldeaba la estancia. Sobre las paredes había retratos de los antepasados de Jean D’Arsy. Le llamó mucho la atención el de una mujer extremadamente bella, de cabellos rojos y ojos verdes que sostenía en sus manos un libro azul abierto y con una pequeña inscripción en letras doradas: SMD 121.

 

Apenas si probó bocado. Jamás le había gustado comer sola. Y aquella cena, tampoco sería una excepción. Tomó algo de fruta y volvió a su habitación. Cerró las puertas con llave para que nadie le molestara. Se desnudó, abrió las ventanas del dormitorio y dejó que el aire húmedo de octubre la rodeara. Desde la oscuridad de la noche vio a lo lejos pequeñas luces desperdigadas por el horizonte. Aquella noche, las estrellas no se veían, y decidió que aquellas luces encendidas serían las estrellas de su firmamento particular. Dejó los ventanales abiertos y sintiendo el tacto de las frías sábanas de algodón en su cuerpo, cerró los ojos y dejó que su alma fuera donde quisiera ir.

 

 

Continuará.....

27/Marzo/2006